España tiene un gigante cultural que todavía no hemos aprendido a medir

Miles de músicos, escuelas, familias, docentes, asociaciones, voluntarios y proyectos culturales forman parte de una realidad extraordinaria extendida por todo el territorio. La CESM quiere dar un paso decisivo: conocer su verdadera dimensión, hacerla visible y conseguir que las Sociedades Musicales sean reconocidas por todo lo que aportan a España.

Hay realidades tan integradas en nuestra vida cotidiana que terminamos por no preguntarnos qué ocurriría si desaparecieran.

La música de nuestros pueblos y ciudades es una de ellas.

Está en las fiestas, en los auditorios, en las calles, en los encuentros, en los certámenes y en algunos de los acontecimientos más importantes de nuestra vida colectiva.

La hemos visto siempre ahí.

Y quizá precisamente por eso hemos cometido durante demasiado tiempo un error: dar por hecho todo lo que hace posible que esté ahí.

Desde la Confederación Española de Sociedades Musicales creemos que ha llegado el momento de cambiar esa mirada.

No queremos hablar solamente de música.

Queremos hablar de todo lo que la música es capaz de construir a su alrededor.

Y queremos hacerlo desde una perspectiva nacional.

¿Sabemos realmente lo que tenemos?

Esta es una pregunta que desde la CESM consideramos fundamental.

Sabemos que existen miles de músicos vinculados a nuestras entidades.

Sabemos que cada semana hay ensayos, clases, conciertos y actividades en numerosos puntos de España.

Sabemos que detrás existe una enorme red asociativa.

Pero necesitamos ir mucho más allá.

¿Cuántas personas participan realmente en nuestras Sociedades Musicales?

¿Cuántos alumnos se forman en sus escuelas?

¿Cuántos profesores trabajan alrededor de ellas?

¿Cuántas familias están vinculadas?

¿Cuántas personas dedican voluntariamente cientos de horas cada año a dirigirlas y gestionarlas?

¿Cuánto empleo generan?

¿Cuánta actividad económica movilizan?

¿Cuántos espacios culturales mantienen activos?

¿Cuántos instrumentos, archivos, repertorios y documentos históricos conservan?

¿Cuántas horas de formación ofrecen?

¿Y cuánto retornan a la sociedad por cada euro público que reciben?

Responder a estas preguntas no es una cuestión estadística.

Es una cuestión estratégica.

Lo que no conocemos con precisión resulta mucho más difícil de defender.

Y lo que no somos capaces de explicar difícilmente podrá ocupar el lugar que merece en las políticas públicas.

Nuestro reto es pasar de la percepción a la dimensión real

Durante años, buena parte de la sociedad ha conocido nuestras entidades principalmente por aquello que resulta más visible: sus agrupaciones musicales.

Es completamente lógico.

El público ve el concierto.

Ve el pasacalles.

Ve el certamen.

Ve una formación actuando sobre un escenario.

Pero la CESM quiere poner el foco también en todo aquello que normalmente queda fuera de esa imagen.

Porque una actuación de una hora puede necesitar años de formación.

Un músico que hoy ocupa un atril pudo comenzar su recorrido musical siendo un niño.

Para que ese aprendizaje fuera posible tuvo que existir una organización capaz de sostener profesores, aulas, instrumentos, actividades y proyectos.

Y para que esa organización siga existiendo hacen falta personas que gestionen, planifiquen, busquen recursos, preparen documentación, mantengan instalaciones, organicen actividades y piensen constantemente en el futuro.

Por eso nuestra realidad no puede analizarse exclusivamente desde aquello que ocurre sobre un escenario.

El escenario es solamente el lugar donde una pequeña parte de todo ese trabajo se hace visible.

Hablamos de Sociedades Musicales porque hablamos de estructuras culturales

Aquí se encuentra una de las claves de la hoja de ruta que queremos impulsar desde la CESM.

Necesitamos consolidar el concepto de Sociedad Musical.

No como una operación de comunicación.

No como una etiqueta moderna.

Y mucho menos como una forma de renunciar a nuestras bandas de música.

Las bandas son una parte esencial de nuestra historia y continuarán siendo uno de los grandes símbolos de nuestro movimiento.

Pero necesitamos una denominación capaz de explicar la dimensión completa de las entidades que las hacen posibles.

Una Sociedad Musical puede integrar enseñanza, diferentes agrupaciones, actividades culturales, proyectos sociales, patrimonio documental y musical, participación ciudadana y una importante estructura asociativa.

En ella conviven alumnos, músicos, profesores, directivos, socios, familias y colaboradores.

Eso cambia completamente la conversación.

Porque ya no estamos hablando únicamente de una formación artística.

Estamos hablando de una institución cultural.

Y si cambiamos la mirada, también cambian las preguntas

Esta diferencia puede parecer pequeña hasta que llega el momento de hablar con una administración.

Entonces resulta enorme.

Una banda puede ser percibida desde fuera como una agrupación que necesita recursos para realizar determinadas actuaciones.

Una Sociedad Musical obliga a plantear preguntas diferentes.

¿Qué necesita para garantizar su continuidad?

¿Cómo mantenemos su escuela?

¿Cómo favorecemos el acceso de nuevos alumnos?

¿Cómo aseguramos el relevo generacional?

¿Dispone de instalaciones adecuadas?

¿Cómo protegemos su patrimonio?

¿Cómo mejoramos la formación de quienes gestionan estas entidades?

¿Cómo aprovechamos su capacidad para generar cultura y cohesión social?

¿Cómo contribuimos a su digitalización?

¿Cómo garantizamos una financiación más estable?

¿Cómo podemos colaborar entre administraciones para fortalecerlas?

Ese es el terreno en el que la CESM quiere situar progresivamente el debate.

Porque nuestro futuro no puede depender únicamente de conseguir recursos para el próximo concierto.

Tenemos que empezar a hablar de cómo garantizar la próxima generación.

Un modelo construido desde abajo

Existe además una característica que convierte a las Sociedades Musicales en organizaciones especialmente valiosas.

Buena parte de todo este entramado ha sido construido desde la propia ciudadanía.

Personas que se asociaron.

Familias que participaron.

Músicos que decidieron enseñar a otros.

Directivos que asumieron responsabilidades sin esperar nada a cambio.

Generaciones enteras que entendieron que aquello que habían recibido merecía continuar.

Así se han levantado proyectos culturales extraordinarios.

No siempre con grandes presupuestos.

No siempre con instalaciones ideales.

No siempre con el reconocimiento institucional que merecían.

Pero han continuado.

Una generación detrás de otra.

Y eso explica por qué existen entidades cuya historia está íntimamente ligada a la propia historia de sus municipios.

No son organizaciones colocadas artificialmente sobre un territorio.

Han nacido de él.

Forman parte de él.

Una infraestructura humana que funciona cada semana

Cuando hablamos de infraestructura cultural solemos pensar inmediatamente en edificios.

Auditorios.

Teatros.

Museos.

Bibliotecas.

Conservatorios.

Pero existe otra infraestructura muchísimo más difícil de construir: la humana.

Conseguir que personas de diferentes edades, profesiones y circunstancias participen juntas durante años en un proyecto colectivo no se puede levantar con ladrillos.

Necesita confianza.

Necesita identidad.

Necesita compromiso.

Necesita sentimiento de pertenencia.

Eso es precisamente lo que nuestras Sociedades Musicales llevan generaciones construyendo.

Un niño puede entrar como alumno y años después convertirse en músico.

Ese músico puede acabar enseñando a otros.

Puede asumir responsabilidades dentro de la entidad.

Puede convertirse en socio.

Y muchos años después puede regresar llevando de la mano a otro niño que comienza exactamente el mismo camino.

Ese ciclo tiene un valor incalculable.

Porque significa que la cultura no solamente se consume.

Se transmite.

Necesitamos datos para convertir esa realidad en políticas

Desde la CESM queremos avanzar hacia una nueva etapa.

Una etapa en la que seamos capaces de acompañar nuestra enorme historia con conocimiento, información y capacidad de interlocución.

Necesitamos saber quiénes somos.

Dónde estamos.

Qué hacemos.

Qué necesitamos.

Qué problemas compartimos.

Qué diferencias existen entre territorios.

Qué modelos funcionan.

Qué impacto generamos.

Y qué oportunidades podemos construir juntos.

Disponer de esa información permitirá algo fundamental: sentarnos ante las instituciones no solamente para explicar nuestra importancia, sino también para demostrarla.

Con datos.

Con proyectos.

Con propuestas.

Con una visión de país.

Porque el reconocimiento institucional no puede depender exclusivamente de la sensibilidad particular que exista en cada momento hacia nuestro movimiento.

Necesitamos avanzar hacia políticas capaces de comprender su dimensión estructural.

La CESM quiere construir esa voz común

España tiene realidades musicales muy diferentes.

Hay entidades centenarias y otras muy jóvenes.

Hay grandes Sociedades Musicales y pequeños proyectos que realizan una labor extraordinaria en municipios con poca población.

Hay territorios con una tradición asociativa musical enormemente desarrollada y otros donde este movimiento necesita todavía crecer.

Esa diversidad es una riqueza.

Pero existe algo que puede unirnos: la necesidad de construir una voz común capaz de representar todo este ecosistema.

Ahí la CESM tiene una enorme responsabilidad.

Escuchar.

Conectar.

Investigar.

Representar.

Proponer.

Generar alianzas.

Abrir espacios de interlocución.

Y conseguir que aquello que sucede cada semana en nuestros pueblos y ciudades llegue también a los lugares donde se diseñan las políticas culturales.

No queremos sustituir las identidades territoriales.

Queremos hacerlas más fuertes trabajando juntas.

Nuestro futuro no empieza en el próximo concierto

Empieza mucho antes.

Empieza cuando conseguimos que un niño tenga acceso a la educación musical.

Cuando una escuela puede continuar abierta.

Cuando encontramos nuevos modelos de financiación.

Cuando una junta directiva dispone de mejores herramientas para gestionar su entidad.

Cuando conservamos un archivo que lleva décadas guardando nuestra memoria musical.

Cuando conseguimos unas instalaciones dignas.

Cuando una administración comprende que apoyar este movimiento es invertir en cultura durante todo el año.

Cuando logramos atraer nuevas generaciones.

Cuando una entidad pequeña descubre que forma parte de algo mucho mayor.

Y cuando todos somos capaces de explicar con claridad qué representamos.

Ese es el horizonte.

España debería saber lo que tiene entre manos

Durante generaciones, las Sociedades Musicales han hecho algo extraordinariamente difícil: conseguir que miles de personas dediquen una parte de su vida a construir cultura junto a otras.

Eso merece ser conocido.

Merece ser medido.

Merece ser protegido.

Y merece ser tenido en cuenta cuando se diseñan las políticas culturales del futuro.

Desde la CESM queremos contribuir a que llegue ese momento.

Queremos una España que conozca mejor a sus Sociedades Musicales.

Que comprenda su dimensión educativa.

Que valore su aportación social.

Que reconozca su capacidad cultural.

Que proteja su patrimonio.

Que facilite su crecimiento.

Y que entienda que detrás de cada actuación existe una enorme estructura humana trabajando para que la música continúe pasando de generación en generación.

Esta es parte de la hoja de ruta que queremos recorrer.

Con nuestras federaciones.

Con nuestras entidades.

Con los músicos.

Con las escuelas.

Con las familias.

Con las administraciones.

Y con toda la sociedad.

Porque quizá el gran reto que tenemos por delante no sea explicar cuánto hacemos.

Sea conseguir que España descubra todo lo que podría perder si algún día dejáramos de hacerlo.

Y, sobre todo, todo lo que podemos construir si decidimos fortalecerlo juntos.

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